COMPRENDIENDO EL RESULTADO

 

Jung nos aporta dos grandes cosas con su investigación: las imágenes a través de las que se expresa nuestro inconsciente, sus características y su significado. Las conocidas imágenes arquetípicas del inconsciente colectivo;  las fases del proceso de individualización de la psique, que no son otra cosa que el desarrollo personal de toda nuestra vida a través del cual integramos consciente e inconsciente cada vez en mayor medida (la llamada “integración de sombras”).

Concluyó estas fases a partir de la forma concreta que describen las imágenes inconscientes: primero se produce un encuentro consciente con la “sombra”;  luego se integra, es decir, lo inconsciente pasa a ser consciente;  y, por último, la fase del “self” donde la personalidad se manifiesta íntegramente desde su “centro unificado”, nuestro lugar de mayor coherencia interna. 

Las sombras son la respuesta defensiva de nuestra psique ante heridas emocionales inconscientes de la infancia que todos sufrimos con mayor o menor intensidad, como nos explican entre otras profesionales Aznárez o Bourbeau, o de momentos traumáticos en la madurez. Sólo cuando logramos integrarlas desaparecen y dejan paso al “self”, al “yo” desnudo, a la persona que somos sin actuar bajo el “control” de actitudes defensivas inconscientes (complacencia, elevada autoexigencia, hiperesponsabilidad, perfeccionismo, control... Evaluadas siempre desde una mirada psicológica experta).

Es preciso aclarar que este proceso de integración al que se refiere Jung se produce de manera constante en nuestra psique a lo largo de toda nuestra vida, es el funcionamiento habitual de relación entre consciente e inconsciente;  se produce por capas/niveles, es decir, cada vez integramos “sombras” más profundas, más delicadas para nosotros;  y, las sombras no sólo son “heridas a nivel trauma”, sino cualquier aspecto de nosotros que nuestro inconsciente ha tenido que “proteger”/ocultar para garantizar nuestra supervivencia en un momento concreto.

Llega un momento central del proceso en que Jung comienza a identificar entre sus imágenes arquetípicas una figura que llama especialmente mi atención: el mandala.

Explica que el círculo contenedor de elementos opuestos, o el mandala, se trata de una representación inconsciente del proceso de integración que realiza nuestra psique. Simboliza la integración de opuestos, “luces” y “sombras”, “sombras” que pasan a ser “luz”, inconsciente que integramos a consciente. La forma circular es sentida y representada como la forma que “abraza” y “acoge” todo lo que hay en nosotros, este proceso de individualización, y que actúa de centro unificador.

Así pude finalmente comprender el sentido profundo y significado inconsciente de mis formalizaciones tanto pictóricas como escultóricas: los círculos que abrazan y contienen elementos son mis propios mandalas inconscientes.

Solemos asociar mandala a simetría, pero ya explicó Jung que esto no era lo importante. Lo relevante es la forma circular, que abraza o envuelve, “actúa como temenos… conteniendo los contenidos inconscientes peligrosos para que se manifiesten sin desbordar la psique” (Jung, 2010);  la integración de opuestos, que en mis composiciones viene representada por los fuertes contrastes de color en los fondos y las manchas o garabatos en diálogo, orientados en torno a un centro —dice Jung, “los colores opuestos... Representan coincidentia oppositorum, la unión de los contrarios en la totalidad” (Jung, 2010), “lo decisivo no es la forma externa ni la simetría, sino la presencia del centro como punto de orientación psíquica y la tensión de opuestos  que se resuelven en él” (Jung, 2010,)—;  y, como adelantábamos, que estemos ante producción inconsciente, es decir, que la imagen emane de un estado meditativo. Jung explica, también, cómo cuando se produce la integración y surge el “self”, aquello que emerge es nuestro yo “recién nacido” y “vulnerable” en términos psicológicos.

Así comprendí cómo esa forma que se repite en mis composiciones de cabeza grande de círculo irregular con línea delgada y alargada como cuerpo en clara desproporción, es la representación inconsciente de mi “self”; y que al ser una formalización arquetípica, igual que los mandalas, podríamos ser en realidad cualquiera de nosotros. 

“El self no siempre aparece enmarcado en mandalas completos, frecuentemente se manifiesta como figuras antropomórficas independientes —cabeza central con cuerpo inferior reducido—, que por sí solas expresan la totalidad psíquica en proceso de individualización” (Jung, 2010).

Por último, para comprender mis esculturas es preciso explicar que en psicología junguiana el ego se describe como un círculo pequeño dentro del círculo grande, o un punto situado en el centro del mismo. Esta estructura es muy coherente con la idea de integración psíquica de sombras y del emergente “self” que Jung explica, a medida que avanza el desarrollo interno de la persona el ego se reduce. 

Y justamente, esta misma estructura es la que puede observarse en muchas de las formalizaciones escultóricas presentadas. Vemos un círculo grande, que equivaldría a esa “cabeza gigante” de la que hablábamos en las pinturas; unos hilos finos/línea, que estarían refiriéndose al cuerpo muy delgado y en desproporción con la “cabeza gigante”;  y otro círculo pequeño que corresponde a la representación del ego y que aparece más pequeño debido al avance del proceso de integración de sombras e individualización explicado.